Competencia Latinoamericana
La hora de la siesta / Sofía Mora / Argentina / 2009 / 75’
Papá está muerto y mamá se encerró a llorar y a dormir; no quiere ver a nadie. Franca y su hermano menor custodian la puerta de la habitación para que ninguno de los molestos deudos que se han congregado en la casa en plena tarde interrumpa su duelo solitario. Luego, y a la espera de la partida hacia el entierro, salen a dar vueltas por el barrio, en busca tal vez de un poco de oxígeno para sus cabezas abombadas por la situación. Y entonces sus conversaciones se suceden casi sin solución de continuidad, surcadas por una mezcla de ingenuidad y de cinismo, haciendo pie en un mismo tema: creer o no creer. De la fe (y el temor religioso) a la paranoia conspirativa (y los mitos y supersticiones presuntamente creados por “los yanquis”: el alunizaje de 1969, el viernes 13 de mala suerte, ¡el día del amigo!), el agnosticismo y el escepticismo. Al borde de la adolescencia, no son sino dos hermanos un poco perdidos tratando de sortear una unica certeza (la muerte) y las incertidumbres que se plantan con ella a partir de ahora. Un limbo que la ópera prima de Sofía Mora captura con especial sensibilidad, retratando la tranquila inquietud y la silenciosa desazón de una tarde calurosa y gris en plena semana; esa situación cotidiana y extraña a la vez, y el núcleo duro de dolor del tránsito hacia la madurez, como el anuncio, en un grito ahogado, de nada menos que el fin de la infancia.
La invención de la carne / Santiago Loza / Argentina / 2009 / 80’
La larga lista de pecados de Pablo Escobar Gaviria –el “Señor de la droga” o “Zar de la cocaína”, el jefe del Cartel de Cali, el que convirtió con su ley de “plata o plomo” a la Colombia de los ochenta en la patria sangrienta del narcoterrorismo– es inventariada por su hijo Juan Pablo. Desde Buenos Aires, donde vive exiliado bajo un nombre falso, el hijo pacifista se vale del imponente archivo familiar para reconstruir la imagen del padre terrorista: fotografías de entrecasa, videos en la cárcel/mansión que Escobar mandó a construir para sí mismo, grabaciones insospechadas en las que canta ópera o lee “Los tres chanchitos”. Pero Pecados de mi padre no se detiene en la simple biografía, e inserta entre sus pliegues un relato excepcional: el de la noble búsqueda de paz (no sólo) interior por parte de Juan Pablo/Sebastián, en la forma de una carta a los hijos de las víctimas más notorias de Escobar, los políticos reformistas Luis Carlos Galán y Rodrigo Lara Bonilla. La película de Entel construye una leve tensión entre esos jóvenes de la misma edad –unidos en el dolor y el compromiso por la paz; separados, en el nombre del padre, por todo lo demás– y la posibilidad de dejar atrás las diferencias para gestar un encuentro histórico.
Los vientos del viento / Ciro Guerra / Colombia -Alemania - Argentina -Holanda / 2009 / 117’
de burro y otro poco a pie, para crear una road movie de tanta originalidad que casi no tiene rutas: una road movie a campo traviesa. Sus protagonistas son Ignacio Carrillo, un juglar taciturno en su última travesía por el norte colombiano, y Fermín, un joven empecinado en
aprender los secretos de la música regional. Al paso de maestro y aprendiz (interpretados ambos, como muchos de quienes encuentran en sus peripecias, por auténticos artistas del vallenato) por valles, sabanas y montañas capturados en panorámicas imponentes, asoman sin clisés el folklore y los mitos del Caribe colombiano. Y, sobre todo, los sonidos únicos de la cultura costeña, una cruza de tambores en trance con cordeones a veces melancólicos y otras, iblemente, endemoniados.
Franco desarrolla su campo de acción sin demasiados exabruptos ni escenas calculadas, decidida a exponer los detalles con la mayor claridad posible. Ya que, como deja en claro el texto al final del film, Daniel y Ana es, ante todo, una película de denuncia.
Hiroshima / Pablo Stoll / Uruguay - Colombia – Argentina - España / 2009 / 80’
–primera sin la codirección del fallecido Juan Pablo Rebella–, un envolvente musical mudo donde casi todo es devorado por las canciones, el sonido ambiente y el ruido de objetos que interactúan con el tránsito del protagonista, quien no es otro que Juan, hermano del director. Como en un extraño satori, atado a medias al presente, Juan se vincula con las cosas en cuanto parecen y las deja guiado por un impulso suave, sin demasiada vehemencia. Iluminado y parpadeante como la luz a dínamo, el muchacho avanza, se mueve y pedalea por entornos desolados, vuelto hacia sí como una isla y con un pálpito de explosión nuclear inminente. Pero Hiroshima no plantea un culto de la deriva juvenil, sino una manera sensitiva y visual de mostrar el ritmo metafísico de la existencia. Aquí sólo tienen voz los niños pitcheados de un video en Súper 8 o un bebé balbuceante. Los adultos están silenciados; el mundo de lo intraducible resuena. Miguel Ward








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